Categoría: Sociedad y Cultura
Autor: Elizabeth Winner
Lectura: 6 min read
Título: LA POLÍTICA: EL JUEGO DEL PODER CONTRA EL CRECIMIENTO DEL PUEBLO

Vivimos tiempos donde la política, que alguna vez se concibió como el arte de servir al bien común, se ha transformado en un tablero de ajedrez donde unos pocos mueven las piezas mientras la mayoría observa desde la tribuna, sin voz ni jugada propia.

¿Qué pasó con esa noble idea de representar al pueblo?

¿En qué momento el juego del poder se volvió una maquinaria que frena más de lo que impulsa?

La política, tal como está hoy en muchos países, no es más que un reflejo de estructuras oxidadas.

Se alimenta de promesas vacías, discursos polarizantes y estrategias de división. Y mientras los poderosos negocian entre bambalinas, el crecimiento del pueblo se convierte en una amenaza que debe ser contenida.

¿Por qué? Porque un pueblo que crece es un pueblo que piensa.
Un pueblo que piensa, cuestiona.
Y un pueblo que cuestiona, exige cambios.
Y esos cambios suelen incomodar a quienes están cómodos arriba.

LA POLÍTICA Y EL JUEGO DEL PODER CONTRA EL CRECIMIENTO DEL PUEBLO

LA POLÍTICA Y EL JUEGO DEL PODER CONTRA EL CRECIMIENTO DEL PUEBLO

El juego del poder

El poder tiene una lógica distinta a la del corazón humano. No busca el bien colectivo, sino la permanencia. Se defiende con uñas y dientes, disfrazándose de progreso cuando en realidad solo cambia de máscara para seguir igual.

Cada elección es presentada como la “gran oportunidad de cambio”, pero detrás de las cortinas, los actores son los mismos, con vestuarios nuevos. El pueblo vota, espera, y vuelve a frustrarse. Y así, el ciclo se repite.

Mientras tanto, los verdaderos problemas—educación deficiente, pobreza estructural, falta de acceso a salud, corrupción normalizada—se maquillan o se ignoran, porque solucionarlos implicaría redistribuir poder. Y eso no conviene.

El crecimiento del pueblo es revolución silenciosa

Pero hay algo que el poder no puede controlar del todo: la conciencia.
El despertar colectivo.
Ese movimiento invisible que ocurre cuando la gente empieza a hacerse preguntas profundas, cuando comienza a educarse por sí misma, a organizarse, a compartir saberes y a buscar alternativas más humanas.

El crecimiento del pueblo no siempre se ve en los medios, ni tiene portavoces famosos. Pero está ahí. En la huerta comunitaria. En el grupo que enseña a leer en una plaza. En la mujer que crea una red de trueque. En el joven que forma círculos de lectura política. En cada espacio donde la gente se une para construir sin esperar permiso.

Ese tipo de crecimiento no lo detiene ningún decreto. Porque no depende del poder. Nace de adentro.

¿Y ahora qué?

Este no es un llamado al odio ni a la anarquía, sino a la lucidez.
A no esperar que el cambio venga desde arriba.
A dejar de mirar a los políticos como salvadores y empezar a vernos a nosotros como agentes de transformación.

La política no va a cambiar hasta que el pueblo deje de ser espectador y se convierta en creador.
Hasta que dejemos de pensar en izquierda o derecha, y empecemos a pensar en abajo y arriba.
Hasta que comprendamos que el verdadero poder siempre fue el poder del pueblo… pero solo cuando está despierto, unido y en movimiento.

¿CÓMO EL POPULISMO ARRUINA LA ECONOMÍA DE UN PAÍS?

El populismo es una tentación peligrosa: promete mucho, da poco y cuesta carísimo.

Se presenta como la voz del pueblo, como la salvación frente a los males del sistema, pero en la práctica, termina siendo una estrategia política de corto plazo que hipoteca el futuro de un país para sostener la popularidad de unos pocos.

¿Pero cómo arruina, exactamente, la economía de un país?

1. Gasto público descontrolado

El populismo necesita aplausos inmediatos. Y para conseguirlos, muchas veces recurre a regalar dinero, subir salarios artificialmente, subsidiar servicios sin planificación o mantener empresas públicas ineficientes para no perder apoyo.

¿Resultado? Se gasta mucho más de lo que entra. Y cuando el dinero no alcanza, se empieza a emitir sin respaldo o a endeudar al país. La inflación sube, el valor del dinero se desploma y los que más sufren son, irónicamente, los mismos que el populismo dice defender.

2. Desprecio por la inversión privada

El populismo suele ver a las empresas como enemigos del pueblo. Así, impone controles de precios, restricciones al comercio, impuestos excesivos o expropiaciones. Este clima de incertidumbre espanta la inversión, paraliza la producción y termina destruyendo empleo genuino.

Sin inversión no hay crecimiento. Sin crecimiento, no hay desarrollo. Y sin desarrollo, el país se estanca… o retrocede.

3. Clientelismo y corrupción

Una economía populista necesita mantener a grandes sectores de la población dependientes del Estado. Esto genera redes clientelares donde la ayuda social se intercambia por votos, y donde la eficiencia importa menos que la lealtad política.

La corrupción florece en este ambiente. Los recursos públicos no se usan para construir futuro, sino para sostener el poder de turno.

4. Destrucción institucional

Para sostenerse, el populismo muchas veces atropella instituciones: manipula la justicia, presiona a la prensa, debilita al Congreso o cambia las reglas del juego a su favor. Esto genera un clima de inseguridad jurídica que ahuyenta a los emprendedores y deteriora la confianza internacional.

Y sin confianza, no hay inversión. Sin inversión, no hay empleo. El círculo vicioso se profundiza.

5. Pan para hoy, hambre para mañana

El populismo ofrece soluciones fáciles a problemas complejos. Pero lo que parece alivio en el presente, es peso en el futuro. Subsidios sin control, planes sociales sin salida laboral, proteccionismo extremo… todo eso puede dar una sensación de estabilidad, hasta que un día la burbuja explota.

Y cuando explota, lo pagan todos: inflación desbordada, pobreza crónica, fuga de talentos, desabastecimiento, deuda externa impagable. El daño no es solo económico: es social, cultural y generacional.


Entonces… ¿Cuál es la salida?

La salida no es el odio ni la resignación. Es la educación económica, la participación ciudadana, la exigencia de transparencia y la apuesta por políticas sostenibles. Hay que salir del cortoplacismo y construir futuro con responsabilidad.

El populismo no se combate solo con discursos. Se combate con conciencia.

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