Visita la Feria del Libro 2026: Mo Yan, de la prohibición de hablar al Premio Nobel
El 13 de julio de 2014, mientras Argentina jugaba la final del mundo contra Alemania, un novelista chino alentaba desde las gradas. Mo Yan, Premio Nobel de Literatura, estaba en Brasil para tomar un crucero por el Amazonas cuando recibió una invitación para ver el partido en el Maracaná. “Mi corazón estaba con Argentina”, admitiría en una conferencia en la Universidad Diego Portales, “porque Argentina está en Sudamérica y Sudamérica tiene el río Amazonas”. Este año, el escritor vuelve al continente para visitar otras aguas: será invitado de la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
Parte de la vida y la literatura de Mo Yan está atravesada por los ríos. Hijo de campesinos, nació en 1955 a orillas del río Jiao, en la provincia de Shandong. Ese paisaje de campos cubiertos de trigo y sorgo, con el que se produce el aguardiente baijiu, aparece una y otra vez en sus libros. Ambientadas en el pueblo imaginario de Gaomi del Norte, sus novelas se convirtieron en un registro de la historia reciente del país asiático: desde la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial y la vida en las comunas rurales del maoísmo hasta la prosperidad económica y sus excesos en la era de la Reforma y Apertura o las heridas abiertas que dejó la ley del hijo único.
En un libro, recuerda a una adolescencia marcada por las transformaciones de los años 70. Mo Yan tenía 11 años cuando Mao Zedong comenzó la Revolución Cultural, se cerró el acceso a las universidades y millones de jóvenes fueron enviados a trabajar al campo. En quinto grado, una burla a su profesor terminó en su expulsión del colegio y no pudo terminar la secundaria. De esos años proviene su seudónimo, “mo yan”, que significa “no hables”, un consejo que sus padres le repetían para que no se metiera en problemas.
A partir de ese momento, su trayectoria se convirtió casi en un sueño chino, con su pragmatismo y, sobre todo, oportunidades inesperadas. Un tío lo recomendó para trabajar en una fábrica de algodón y allí tuvo su primer encargo literario. Un compañero descubrió que tenía buena caligrafía y que había leído a los clásicos, así que empezó a pedirle que redactara las cartas para un hijo que vivía en el sur. Mo Yan las escribía con un estilo recargado, a medio camino entre la lengua culta y el chino de la vida cotidiana.
“Lo pensé durante mucho tiempo”, escribe en sus memorias. “Ingresar en el Ejército quizá fuera la manera de salir del pueblo y cambiar el rumbo de mi vida”. Durante tres años lo intentó sin éxito: los informes médicos volvían siempre rechazados. Cuando finalmente lo aceptaron, fue destinado a un pequeño destacamento donde, entre otras tareas, le tocó ampliar el cauce del río y trabajar en la granja comunitaria. En esos años de cuartel y barro publicó sus primeros cuentos en revistas literarias. El cartero las dejaba en el buzón de la unidad, mientras en las radios del país resonaban las que llegaban desde Pekín.
“Aquel era un mundo distinto: las reformas y la apertura al mundo exterior iban a producir cambios profundos en la aldea”, cuenta el narrador de La vida y la muerte me están desgastando (2006), un burgués al que los guardianes del Cielo le permiten volver a la Tierra pero reencarnado en un cerdo. Su olfato no miente: el establo pronto daría paso a una siderurgia.





