Ucrania: personas ordinarias que hacen cosas extraordinarias
Es el cuarto invierno de la invasión a gran escala. Y es muy difícil. Los misiles y drones rusos destruyen deliberadamente la infraestructura energética de la cual depende la supervivencia de la población civil. En enero y febrero, la temperatura desciende hasta menos veinticinco grados centígrados. Las ciudades ucranianas literalmente se congelan. Millones de personas tienen acceso limitado, o no tienen acceso en absoluto, a la calefacción, el agua y la electricidad.
Recuerdo que en 2022, cuando los rusos empezaron por primera vez a golpear la infraestructura, apareció en las redes una foto de una maestra de Kyiv. Está con un abrigo rojo, un gorro caliente, en cuclillas junto a un poste metálico sobre el que puso su computador, justo en la calle, cerca de una tienda donde funciona un generador y hay señal de internet. Y allí, en pleno frío, les da una clase a los niños. Y pensé que los rusos habían venido a quitarnos todo: nuestra tierra, nuestra libertad, nuestro futuro, la educación de nuestros hijos. Pero esa maestra de Kyiv decidió no entregarles nada. Y hasta una cosa tan sencilla como darles clase a los niños se convirtió en un acto de resistencia.
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