Categoría: Express News
Autor: Elizabeth Winner
Lectura: 3 min read
Título: Mundos íntimos. En casa no había TV, para mi papá era nociva. Tuvo su lado triste, pero a la vez me ayudó a crear universos propios.

Mundos íntimos. En casa no había TV, para mi papá era nociva. Tuvo su lado triste, pero a la vez me ayudó a crear universos propios.


Nací en un hogar sin televisión. Esto, lejos de serme indiferente, me molestaba. Éramos una familia de clase media, que bien podría haberse permitido tener una. Pero mi papá detestaba la tele y su decisión fue tajante: en casa, no. Decía que era una “caja boba” y que propagaba rayos nocivos.

Nadie se atrevió a discutir su decisión en el departamento en el barrio de Colegiales. Ni mi mamá, ni mis dos hermanos mayores, ni yo. En esa época, la voluntad paterna era ley. Recién con los años, o incluso mientras escribo, dimensiono esa ausencia como un hecho fuera de lo común. Y en el que, además, no tuve –como les sucedía a los hijos de mi generación– injerencia alguna. ¿Fue una ventaja o una desventaja? Tal vez ambas cosas.

No habitábamos una casa bulliciosa, de esas donde todo el tiempo sonaba el timbre, había charlas superpuestas o música permanente. Más bien, todo lo contrario: predominaba el silencio. Y el recorrido del ascensor resonaba en el edificio avejentado, de pasillos oscuros. Mi primer contacto con los personajes de la pantalla chica fue indirecto, mientras mis compañeros imitaban el giro de la Mujer Maravilla, los pasos del hombre nuclear con sus prótesis biónicas o la furia repentina del increíble Hulk. Durante el recreo también reproducían los diálogos entre las Trillizas de Oro o Don Diego de la Vega y el Sargento García.

Así, fui tomando conciencia de mi condición de outsider televisiva, ya que la gran mayoría del grado se pasaba mirando sus programas favoritos y los conocía de punta a punta. Con el tiempo también supe que algunas canciones que escuchaba en el patio escolar eran pegadizos jingles de la tele, como “Dánica Dorada, Dánica Dorada, era para untar” o “Arrolla la sed, Paso de los Toros”.

Para mi cumpleaños número ocho, recibí un regalo que de alguna manera intentaba reemplazar la falta de televisión: una Mujer Maravilla de la serie Barbie, la primera y única muñeca original que logré tener de esta marca. Igualita a la de la serie, con su traje rojo, azul y dorado. Fue, quizás, el regalo más importante de mi infancia. Como era lógico, la muñeca no pudo suplir la ausencia de la tele. El día que me regalaron esa Mujer Maravilla, la senté conmigo a la mesa, para que sopláramos juntas las velitas.

La carencia televisiva, sin embargo, se interrumpía los sábados a la tarde, cuando íbamos a tomar el té a lo de mi abuela paterna. Era curioso: la tele había logrado llegar ahí tempranamente. Después, la Oma (tanto mis abuelos como mis padres habían nacido en Alemania) compró un aparato color al poco tiempo de que empezaran a circular por el mercado. En la casa chorizo de Parque Chacabuco podía ver televisión sin objeciones, lo que llenaba de magia mis visitas semanales. No me importaban tanto las masitas de la confitería Steinhauser sobre la mesa del té, ceremonia que se desarrollaba en el living ni bien llegábamos. Yo solo quería pasar al comedor para hundirme en los sillones verdes a mirar tele.

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