La noble locura
La mayor riqueza de mi vida han sido mis amigos. Enterraron a uno ellos este mes. La gente me pregunta muchas veces si veo a alguien en el panorama político mundial del nivel de Nelson Mandela, al que conocí bien. Respondo que no, pero que si uno busca más allá de los titulares, donde de momento no hay nadie, quizá se encuentre a alguien que se le acerque.
Lo normal esta semana, como todas últimamente, sería volver a escribir sobre Trump, o Putin, o Netanyahu, o los ayatolás iraníes y el resto de la escoria que hoy determina el destino del mundo, y si mueren miles o mueren millones. Hoy, como contrapeso, escribiré sobre mi amigo recién fallecido, ejemplo de los valores que el ser humano debería encarnar, y más cuando ocupa puestos que influyen en las vidas de los otros.
Se llamaba Nicholas “Fink” Haysom, discípulo de Mandela. Fink también era sudafricano, pero blanco, nacido en una familia bien. Lo que le definía era la virtud más grande, la generosidad de espíritu. Pero sin jamás exhibir el más mínimo atisbo de pomposidad o mojigatería.
Fink era un tipo alto y guapo, risueño y seductor, que bebía, fumaba y disfrutaba de los amigos y de las mujeres y de la buena vida. Su entorno natural, uno habría pensado al conocerle, era el bar del club de rugby, deporte en el que en su juventud brilló. Pero eso solo era lo que se veía en la superficie. Fink fue un santo secular que rozó el martirio cien veces jugándoselo todo por la justicia y la paz, dos palabras que las oís juntas y te entran ganas de bostezar. No bostecen y escuchen.
Ningún sector de la humanidad ha gozado más plenamente de los bienes materiales de la Tierra que los sudafricanos blancos en tiempos de apartheid. Cuando Fink salió de la universidad con un título en Derecho tenía asegurada una vida rica y fácil, si quería. No quiso. No podía mirar para otro lado mientras a su alrededor la mayoría de la gente sufría la miseria y la indignidad de un sistema diseñado para beneficiarle a él. Solo iba a disfrutar –y disfrutó– si se dedicaba en cuerpo y alma a defender los derechos humanos.
Había sido un activista político beligerante en la universidad y durante esa etapa y después fue encarcelado cuatro veces por el régimen sudafricano. Intentaron asesinarle a él y lo lograron con uno de los socios de su bufete de abogados. Le mandaron una bomba escondida en un Walkman y sus sesos explotaron por toda la oficina. Fink, la sangre fría personificada, no se amedrentó. Siguió defendiendo a las víctimas del apartheid. Participó en las negociaciones que acabaron con el sistema racista y en la redacción de la nueva constitución democrática.





