Categoría: Express News
Autor: Elizabeth Winner
Lectura: 4 min read
Título: Ganar y ganar, aunque te parta un rayo

Ganar y ganar, aunque te parta un rayo


Cada día se producen 44.000 tormentas eléctricas en la Tierra, lo que supone que caigan 100 rayos cada segundo. Y aunque no es habitual que impacten en las personas, sí que se producen unas 15.000 muertes anuales por este fenómeno, llamado fulguración. Lo más habitual es que las descargas tengan lugar en espacios abiertos, por lo que las actividades agrarias y las deportivas relacionadas con la naturaleza son las más expuestas. Bien lo saben los montañeros y los golfistas, por ejemplo, que sufren este problema con relativa frecuencia.

Estas centellas se producen básicamente por la fricción entre las cargas positivas y negativas de las nubes con la tierra o entre ellas mismas. Cuando hay una separación muy grande entre ese potencial se generan los rayos para conectarlas de la manera más rápida posible. Pero nuestro planeta no es el único en el que se ven estos fenómenos.

«En los gigantes gaseosos como Júpiter o Saturno hay tormentas muy conocidas que duran cientos de años, pero son entre las nubes, no con lluvia como aquí porque no tienen superficie; también se han detectado rayos en Neptuno y Urano. Sin embargo, en Marte, que tiene unas grandes tormentas de arena, se producen por el rozamiento de las partículas de polvo», explica Diego Moral, astrofísico de la Universidad de Lancaster (Inglaterra).

Por lo que se refiere a la atmósfera terráquea, la aparición de este fenómeno puede darse tanto acompañado de agua en lo que es un chaparrón convencional como en una tormenta seca que derrama ni una sola gola de agua. «Cuando no hay suficiente humedad en la atmósfera o sobre todo en su la capa más baja no se llega a generar esa precipitación, o bien se produce una virga, que es, entre comillas, cuando llueve en el cielo de nube a nube pero no llega el agua al suelo al tener al secarse antes. Sin embargo, los rayos sí que se producen y pueden ser en horizontal o en vertical. Y cuando estos se juntan con fuertes vientos son muy peligrosos porque suelen provocar incendios», indica Moral.

Si bien el golf es un deporte con un reducido riesgo de lesión, sobre todo comparado con otras disciplinas, el peligro se multiplica de forma exponencial cuando una tormenta acecha en el horizonte. Estas perturbaciones convierten los campos de golf en zonas de alto riesgo pues representan un grave peligro debido a su carácter abierto y a la falta de refugios inmediatos. La exposición directa en amplias superficies sin protección aumenta el riesgo de impacto de rayos, uno de los principales factores de accidentes graves y mortales en este tipo de instalaciones. El uso de palos de golf, carritos y otros elementos metálicos incrementa el peligro, ya que estos objetos pueden actuar como conductores de electricidad.

Además, los árboles aislados, habituales en los campos de golf, son puntos frecuentes de impacto de relámpagos, lo que pone en riesgo tanto a jugadores como a trabajadores y a espectadores. Además, las tormentas suelen ir acompañadas de fuertes rachas de viento y lluvias intensas, que pueden provocar la caída de ramas, deslizamientos y accidentes por resbalones. A estos factores de riesgo se suma la presencia de lagos y estanques, que aumentan la posibilidad de electrocución. Por todos ello los clubes disponen de estaciones meteorológicas que les permiten anticiparse a cualquier inclemencia eléctrica que ponga en riesgo a las personas.

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