Frida Kahlo: la intimidad exhibicionista de una Cleopatra quebrada
El baño de Frida Kahlo estuvo cerrado durante 50 años. Desde su muerte el 13 de julio de 1954 y por decisión de Diego Rivera, el famoso muralista con quien se casó en 1929, para luego divorciarse en 1939 y volver a casarse en 1940, la puerta de ese cuarto nunca más se abrió. Hasta que en 2004, alguien giró la llave de ese sector de la Casa Azul, como se conoce a la residencia de la pareja de pintores mexicanos en el barrio de Coyoacán en México DF. Las razones para lo uno y lo otro, cerrarlo y luego abrirlo, están en el plano de las conjeturas. La primera, quizá la más fácil de adivinar, sea para resguardar el sitio de intimidad de Frida. Una intimidad pública y exhibicionista que, podemos advertir, algo necesitaba de misterio. Para la segunda, en cambio, las decisiones museográficas, guiones curatoriales y, en todo caso, sacar a la luz ese secreto y atraer al público.
La que accede con su cámara de fotos antes que nadie es Graciela Iturbide. Esas 28 imágenes son una especie de encuentro con el misterio: es la antropóloga y el primer contacto; es la arqueóloga y el hallazgo de las reliquias. Importa que sea el baño pero sobre todo, lo que este contiene. El cuerpo de Kahlo, tan tematizado por ella misma en sus pinturas, ha abandonado toda su ortopedia hace rato. Están flotando corsés, piernas de madera con botinetas bien ajustadas, prótesis, medicinas. Librados a una vida post Frida, estos objetos vuelven, renacen, a través de la cámara de la fotógrafa mexicana. Además de estas pertenencias corpóreas, su exoesqueleto, están las fotos de Lenin y Stalin, animales disecados, medicamentos, la bolsa de agua caliente y la barra que sostuvo su andar por la casa, la bata de hospital manchada de pintura y sangre. El click del obturador como un hálito.
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