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‘Dolor y gloria’, Almodóvar convierte la Soledad en arte

Publicado por 22 marzo, 2019
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El éxito y el fracaso. Ya lo decía Kipling, son dos impostores. Pero eso fue hace un siglo, lejos de diabólicas invenciones que miden logros, popularidad y fama. Instagram, los pulgares de Facebook, los filtros que mejoran la realidad.

Hoy todo nos empuja a fingir una felicidad imposible, llena de atardeceres y trofeos profesionales. El éxito es más que nunca un escaparate, un muro sobre el que hacer scroll o un reality show de la canción en el que alguien se hace famoso de la noche a la mañana. Y, mientras estamos condenados al fracaso de creernos que eso es triunfar, Pedro Almodóvar nos lleva la contraria con lo mejor que ha hecho en los últimos años.

Dolor y gloria puede pasar a la historia como la película más sobria del cineasta. Apenas reconocemos en ella los manierismos de sus anteriores películas. No hay ciervos galopando en la noche nevada como en Julieta ni injertos de piel o adultos disfrazados de tigre como en La piel que habito. Tampoco esa desvergüenza posmoderna que va desde Luci, Pepi, Bom hasta los azafatos de Los amantes pasajeros. Apenas un bailecito de Asier Etxeandia y un chiste de su paisano Julián López haciendo de director de la Filmoteca.

El resto de la película respira una sencillez y una espontaneidad diáfanas, lejos de cierto horror vacui que, por otra parte, le ha valido gran parte de su prestigio internacional. Sí, puede que Dolor y gloria pase también a la historia por ser el trabajo de Pedro Almodóvar que gusta a quienes no les gusta el cine de Pedro Almodóvar.

La película número 22 del manchego arranca con su protagonista, el prestigioso cineasta Salvador Mallo, hundido. Es una imagen literal (está sumergido en una piscina) y metafórica (es un hombre deprimido). Sus dolores físicos y de espíritu son enumerados en una secuencia animada por Juan Gatti y, por si cupiese alguna duda de su bajona, Almodóvar le pone a leer El libro del desasosiego, de Pessoa, y Nada crece a la luz de la luna, de Torborg Nedreaas.

Sus glorias de cineasta famoso, en cambio, son presentadas siempre en un segundo plano, con hastío, como si careciesen de importancia; o, en el mejor de los casos, con cierta ironía (“pero, ¿cómo puede ser que mi cine guste tanto en Islandia?”).

La proyección en la Filmoteca de su película de culto, Sabor, posibilita el reencuentro de Mallo con su actor principal, al que nunca perdonó su interpretación en la cinta. Este macguffin, que recuerda a la retrospectiva que la institución le dedicó a Pedro Almodóvar en el año 2017, le devuelve la memoria a Salvador.

Son los recuerdos de su propia vida –el primer deseo homoerótico, la España cateta y beata de su infancia, el gran amor que regresa, Madrid en los años 80, el descubrimiento del cine, el vacío y la culpa por la muerte de su madre–, transformados en arte, los que sacan a este cineasta de su terrible desaliento.

Y, si bien esas secuencias del pasado son correctas y sugerentes, es sobre todo el presente de Mallo lo que convierte Dolor y gloriauna película sobre la soledad del que lo tiene todo–, qué duda cabe, en uno de los trabajos más emocionantes de Almodóvar. Solo un artista de su envergadura derribaría el muro del éxito para enseñarnos lo que se esconde detrás de él.



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