De vicepresidenta a candidata en Andalucía: ¿es el superpoder de María Jesús Montero un activo o un lastre electoral?
A María Jesús Montero se la ha comparado en los últimos días con la faraona Cleopatra, con Isabel I de Inglaterra o con el mesías cabalgando a lomos de un borrico en su entrada triunfal en Andalucía, después de pronunciar una frase que ya … es historia de la campaña electoral. «Que una persona que tiene grandes responsabilidades en el Gobierno, que probablemente ha sido la mujer, sin duda, con más poder del conjunto de la democracia, decida presentarse a unas elecciones autonómicas dejando sus cargos institucionales y apostando por Andalucía […] es para ponerlo en valor», sentenció. Para revestir de épica su sacrificio añadió que dará la batalla para «rescatar a los ciudadanos andaluces del desgaste y el deterioro de los servicios públicos».
La autodefinición de la que fuera vicepresidenta primera del Gobierno y ministra de Hacienda hasta el pasado 26 de marzo desató una catarata de memes en las redes sociales que se dividían entre la admiración por su poderío feminista y la sátira feroz hacia su egolatría. La secretaria general del PSOE andaluz presentaba su mudanza electoral a Andalucía como una «salida por la puerta grande» de la Administración del Estado, donde ha estado casi ocho años, siempre al lado de Pedro Sánchez.
Pero el poder es una moneda de dos caras. La pregunta que se hacen los analistas electorales y sus propios compañeros de filas es si el superpoder del que presume Montero va a ser el motor que propulse a «ese bicharraco que es el PSOE andaluz» –como ella lo calificó– hasta el Palacio de San Telmo, o, por el contrario, el ancla que lo hundirá más en el Guadalquivir. La última encuesta elaborada por GAD3 para ABC, publicada el pasado domingo, no le aseguraba ni alcanzar los 30 escaños (de un total de 109) que sacaron los socialistas en 2022, entonces encabezados por Juan Espadas, que firmó el peor resultado de la historia en el antiguo bastión.
Las expectativas desfavorables no desaniman a la candidata, que aspira a movilizar al votante progresista con el ‘No a la guerra’ y el «deterioro» de la sanidad pública. «Ella tiene ganas», como dijo la expresidenta de la Junta Susana Díaz cuando Risto Mejide le preguntó en el programa ‘Todo es mentira’ (Cuatro) si la veía con posibilidades de ganar. Hasta un mes antes de que Juanma Moreno (PP) apretara el botón, Montero estaba decidida a continuar en el Gobierno hasta la convocatoria electoral argumentando que llevar «una cartera como Hacienda o la Vicepresidencia Primera significa trabajar y beneficiar a Andalucía».
Para sus defensores, ella es el «mejor activo» que puede presentar el PSOE tras siete años y medio en la oposición. No es una ‘paracaidista’ enviada a Andalucía para retirarse, sino una gestora que ha manejado las llaves de la caja del Estado y conoce cada rincón de la Administración. Primero se curtió como consejera andaluza de Salud y de Hacienda, y tras su salto a La Moncloa, ha llegado al máximo cargo al que puede aspirar cualquier persona mediante nombramiento en el BOE: la Vicepresidencia Primera.
Su poder es, para el PSOE, sinónimo de eficacia y solvencia. Montero está exprimiendo desde el primer día su proyección institucional para trasladar la idea de que nadie mejor que ella sabe dónde están los recursos y cómo atraerlos hacia el sur. La estrategia socialista pasa por romper la campaña de perfil plano diseñada por el PP reivindicando su legado al frente de Hacienda –como las cuentas más saneadas desde 2007– y añadiendo tensión a la campaña con reproches hacia la crisis de los cribados de cáncer de mama y con bulos como la implantación de un copago sanitario en la Junta.





