Ballard, el ojo clínico que la vio venir
En lugar de proyectarse hacia futuros remotos o de poblar el horizonte con naves espaciales y tecnologías por venir, hacia fines de los años 70 algunos escritores comenzaron a torcer los caminos más transitados de la ciencia ficción para instalarse en un presente dilatado y explorar lo que J. G. Ballard –pionero entre todos ellos– llamó alguna vez el espacio interior: un territorio psíquico donde las fantasías, los miedos y los deseos de la modernidad ya habrían encontrado su forma definitiva.
Como si el futuro hubiera llegado sin anunciarse y solo quedaran sus restos, Crash (1973) parte de ese postulado para desplegar una ficción que no imagina mundos posibles, sino que estira las costuras del mundo existente, obligándolo a revelar la violencia y el erotismo que laten bajo la superficie aséptica del progreso.
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