Muere Raúl del Pozo: maestro de periodistas, tahúr de las letras
Raúl del Pozo fue todo lo simpático que quiso su cartera. Decía que los ricos no tienen necesidad de ser amables. Era generoso como pocos, cariñoso, tierno, lúcido y cobardón. Su columna diaria era un análisis ilustrado, una mirada que se fue decepcionando con las pullas de la incoherencia humana. Le gustaba la noche, el juego, las mujeres y el whisky, pero escribir era su forma de vida y quizá la manera más brillante que encontró en su reporterismo. De 'Pueblo' a 'El Mundo', de Cuenca a Chamartín, Raúl estuvo, sobre todo, en la calle, donde pasaban las cosas. Gastaba su salud entre risas y chismes, entre naipes, en la ruleta de la actualidad diaria y los sablazos para ir a Torrelodones. Decía «el Café» al Gijón, donde Alfonso 'el cerillero' le adelantaba ruinas mientras esperaban amanecer en el piso de arriba, jugando al póker sobre un capote del maestro Chenel y su amigo, Manuel Vicent…
Llevaba una biblioteca en la cabeza y una hemeroteca en el hígado. En 'Noche de tahúres' demostró que escribía con la suela gastada. Era un cronista decimonónico, un narrador que miraba al Parlamento con el ceño fruncido y la acidez en la punta de los dedos. Acuñó la España ochentera en 'Costa Fleming' y al socialismo con 'la izquierda caviar'. Quizá porque su corazón noble siempre fue de izquierdas entre tantas amistades que militaban a su derecha. Sus frases eran cortas, justas y precisas. Utilizaba los adjetivos como si fueran navajazos y puso nombre a la impostura. Detestaba la manipulación, la mentira y el alboroto. Siempre defendió que la verdad no se grita: se cuenta. Y esa fue probablemente su tónica en el 'Ruido de la calle' que heredó de Paco Umbral. Por allí desfilaron todos los personajes de nuestro tiempo. Parecía la barra de un bar con humo, copas, políticos, banqueros, esc…
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