Madrid se rinde al reportero que supo convertirse en columnista
Nos presentó Arturo Pérez-Reverte en Casa Lucio, y lo primero que Raúl del Pozo me dijo fue que él era muy cobarde: siempre que oía las noticias y había una nueva guerra, hacía todo lo posible para llegar tarde a la redacción del diario Pueblo. «La idea era que Arturo llegara primero y lo mandaran a él, que le gustaban tanto los tiros y el humo», dijo.
Pero en la década del 70, el director del periódico lo llamó a Raúl y le impuso un viaje a Buenos Aires y una corresponsalía para América del Sur. Por entonces ya estaba declarada la insólita «guerra peronista»: facciones armadas de izquierda y de derecha, alentadas por el propio líder en el exilio, se enfrentaban a muerte. Llegaron a balearse, cara a cara, al grito común de «Viva Perón», como narra Osvaldo Soriano. «Acojonado como estaba, le pedí a Jorge Antonio (un empresario que servía de enlace con el caudillo argentino) que me consiguiera una carta del viejo general, que todavía vivía en Puerta de Hierro», me confió Raúl aquella noche en Casa Lucio.





